El Condestable √Ālvaro de Luna

por | 6 Dic 2006 | Nuestro Centro

√Ālvaro de Luna, nacido en la localidad de Ca√Īete probablemente en el a√Īo 1390, pertenec√≠a a una familia de origen aragon√©s que, desde finales del siglo XIV, se hallaba al servicio de los Reyes de castilla. √Čl era hijo bastardo de uno de los sobrinos del pont√≠fice Benedicto XIII (el Papa Luna), pero tuvo la fortuna de ser reconocido por su padre. Sus principales rasgos eran, seg√ļn nos han transmitido los cronistas de aquella √©poca, cuerpo peque√Īo e muy derecho, capacidad de invenci√≥n, buen cabalgador, atrevido y esforzado en la guerra.

√Ālvaro de Luna comenz√≥ su carrera en la corte castellana en 1410, durante la minor√≠a de edad de Juan II, en plena regencia de su madre Catalina de Lancaster y su t√≠o Fernando de Antequera (hermano del difunto rey Enrique III, el Doliente), aunque de forma muy modesta pues era entonces un simple paje del joven monarca ‚Äď contaba en aquellos momentos seis a√Īos de edad -. Pero poco a poco se fue ganando la voluntad del rey tal y como se√Īalan los cronistas ‚Ķ e as√≠ por tan gran afecci√≥n¬† a √©l era inclinado, que todas las cosas quer√≠a el Rey hacer √© cumplir a su voluntad. Tanto era as√≠ que alg√ļn otro cronista, menos partidario de D. √Ālvaro, como es el caso de Alonso de Palencia, se referir√≠a a esas relaciones del siguiente modo: Como quiera que el rey D. Juan ya desde su m√°s tierna edad se hab√≠a entregado en manos de don √Ālvaro de Luna, no sin sospecha de alg√ļn trato indecoroso y de lascivas complacencias por parte del privado en su familiaridad con el Rey. Otros llevan m√°s all√° su mala intenci√≥n, como Gonzalo de Hinojosa, quien afirma que Juan II ten√≠a un amor tan profundo hacia D. √Ālvaro que non pod√≠a nin folgar sin √©l, nin quer√≠a que durmiese otro con √©l en su c√°mara. No es posible, de todos modos, adentrarnos en esos confusos recovecos. Lo cierto es que √Ālvaro de Luna, ah√≠ se encuentra una de las claves de su r√°pido ascenso, se mostr√≥ desde el principio partidario ac√©rrimo del fortalecimiento de la autoridad mon√°rquica.

¬ŅLe mov√≠a tambi√©n la ambici√≥n personal? Es probable, pero ello no obstaculiza en modo alguno su trayectoria pol√≠tica. El cronista Gonzalo Chac√≥n lo califica como gobernante celoso del bien p√ļblico y de la gloria de su soberano. Lo que no cabe duda es que, seg√ļn la Cr√≥nica de Pedro Carrillo, Este condestable don √Ālvaro de Luna alcan√ßo tanto en castilla, que no se falla por cr√≥nicos que hombre tanto al anchase, ny tan gran poder√≠o tuviese, ni tanto amado fuese de su Rey; como √©l era. Ca no era cosa en el reyno que no ven√≠a de su mano, as√≠ de lo seglar como de lo eclesi√°stico. A√Īadamos, para completar la imagen del favorito de Juan II que, √Ālvaro de Luna se cas√≥ con Elvira de Portocarrero, perteneciente a un linaje nobiliario de¬† Castilla, y que recibi√≥ de Juan II, poco despu√©s de su acceso a la mayor√≠a de edad, una importante merced, el se√Īor√≠o de San Esteban de Gormaz.

El reinado de Juan II fue muy azaroso en lo que se refiere a las luchas por el poder entre el monarca y sus primos, los infantes de Arag√≥n, hijos de Fernando de Antequera, quien hubo de abandonar la regencia y Castilla para convertirse en rey de Arag√≥n, gracias al compromiso de Caspe (1412). El primer acontecimiento que puso en peligro la autoridad de Juan II se produjo en 1419 ‚Äďa√Īo de la proclamaci√≥n de su mayor√≠a de edad- en el llamado atraco de Tordesillas, lugar donde hab√≠an sido convocadas Cortes; Enrique de Arag√≥n, maestre de la Orden de Santiago, en un audaz golpe, se apoder√≥ del palacio real, convirtiendo en reh√©n al propio rey. Esta situaci√≥n dur√≥ un a√Īo, hasta que √Ālvaro de Luna prepar√≥ la hu√≠da del rey, aprovechando una partida de caza. Esta haza√Īa le vali√≥ el t√≠tulo de Condestable de Castilla (sret. 1423); sin embargo, el apoyo del rey de Arag√≥n, Alfonso V y del rey de Navarra, Juan, hermanos ambos de Enrique, prisionero en Madrid, oblig√≥ a ceder a Juan II y √Ālvaro de Luna fue desterrado a la villa de Ayll√≥n (set. 1427).

El regreso de √Ālvaro de Luna abri√≥ el camino para la confrontaci√≥n militar entre √©ste y el bando aragon√©s, obteniendo para ello una importante cantidad de dinero de las Cortes de Illescas (1429), enfrentamiento que se sald√≥ con una nueva victoria de las tropas de √Ālvaro de Luna y la firma de las treguas de Majano (1430) ‚Äďcon una duraci√≥n prevista de cinco a√Īos- que significaba la expropiaci√≥n de los bienes de la nobleza levantisca. Uno de los beneficiados fue √Ālvaro de Luna, que recibir√≠a el maestrazgo de la Orden Militar de Santiago y dem√°s posesiones de Enrique de Arag√≥n.

En 1431, √Ālvaro de Luna, viudo de su primera esposa, cas√≥ con Juana Pimentel, perteneciente tambi√©n a la nobleza castellana. Este mismo a√Īo obtuvo grandes √©xitos pol√≠ticos y militares (Paz de Portugal y victoria en la Higueruela sobre los musulmanes granadinos).

El fin de las treguas de Majano (1435) abri√≥ nuevamente el enfrentamiento de √Ālvaro de Luna y los infantes de Arag√≥n, junto con gran parte de la nobleza, celosa de las prebendas que continuamente recib√≠a el Condestable ‚Äď el castillo de Montalb√°n-. Los nobles argumentaban contra √Ālvaro de Luna la libertad del rey, la restauraci√≥n de la legalidad y el fin de los abusos, pero lo que ocultaban era su pretensi√≥n de acabar con el personalismo del favorito del rey, que perjudicaba sus intereses. Su presi√≥n consigui√≥ un nuevo destierro de √Ālvaro de Luna en su villa de Escalona (1439) durante seis meses.

Ahora cuenta √Ālvaro con un nuevo enemigo, el pr√≠ncipe heredero, Enrique, quien conspir√≥ contra aqu√©l en apoyo de los infantes de Arag√≥n, especialmente de Juan, convertido en rey de Navarra a la muerte de su esposa Blanca. Todo ello termin√≥ con el tercer destierro de √Ālvaro de Luna (1441) esta vez por seis a√Īos; hecho que facilit√≥ el golpe de estado de R√°maga, por el que Juan de Navarra tom√≥ prisionero al rey. Esta arrogante actitud de Juan de Navarra provoc√≥ el recelo de importantes linajes de la nobleza castellana y del pr√≠ncipe heredero Enrique que ve√≠a peligrar sus aspiraciones al trono, por lo que entablaron conversaciones con √Ālvaro de Luna; conversaciones que culminar√°n con la lucha abierta entre ambos bandos, la liberaci√≥n de Juan II de Castilla y la definitiva derrota de los infantes de Arag√≥n en Olmedo (1445) batalla en la que perdi√≥ la vida el propio infante Enrique. Precisamente en Olmedo se hab√≠an reunido las Cortes, en las cuales se reconoc√≠a la autoridad incontestable del monarca ‚Äď cabe√ßa e cora√ßon e alma del pueblo con un poder√≠o tal que non lo ha de los homes sino de Dios ‚Äď a cambio de conceder a las Cortes un mayor control sobre el sistema tributario.

Una vez m√°s se procedi√≥ al reparto de los despojos de los derrotados y √Ālvaro de Luna recib√≠a el condado de Alburquerque. El clima de euforia hizo posible el perd√≥n de los nobles derrotados en la concordia de Astudillo (1446) y el nuevo matrimonio ‚Äď por recomendaci√≥n del propio √Ālvaro de Luna ‚Äď del rey Juan II ‚Äďviudo de su primera esposa- con Isabel de Portugal (1447), quien le dar√≠a dos hijos, Isabel ‚Äď la futura reina Cat√≥lica- y Alfonso.

El matrimonio, tambi√©n en segundas nupcias, de Juan de Navarra con Juana Enr√≠quez, perteneciente a un importante linaje castellano ‚Äď y madre del futuro Fernando el Cat√≥lico ‚Äď provoca la guerra civil entre Carlos de Viana, hijo de Juan y de su primera esposa, la reina Blanca de Navarra, por sus derechos al trono ‚Äďseg√ļn el testamento de su madre-, que su padre no respet√≥. En esta guerra, √Ālvaro de Luna apoyar√≠a al pr√≠ncipe Carlos, en contra de Juan de Navarra apoyado por el pr√≠ncipe castellano, Enrique.

D. √Ālvaro de Luna

No solamente la enemistad con Enrique, sino tambi√©n la influencia de la reina Isabel ‚Äď en complicidad con su hijastro- hicieron que cambiara la actitud de Juan II hacia quien durante tantos a√Īos fuera su hombre de confianza. La dura realidad¬† es que √Ālvaro de Luna iba a terminar su vida de forma tr√°gica. En efecto, fue degollado en la plaza mayor de Valladolid, por orden expresa del propio rey, en 1453.El motivo inmediato que acab√≥ con su vida fue la oscura muerte de Alonso P√©rez de Vivero, antiguo colaborador de √Ālvaro de Luna, a quien traicion√≥, por lo que se sospechaba que √©ste fue instigador del crimen, lo que provoc√≥ su prisi√≥n en Burgos. De ah√≠ fue trasladado al castillo de Portillo. La sentencia iba m√°s all√° de este asunto y recoge los reproches de que hab√≠a sido objeto a lo largo de sus continuos enfrentamientos con la nobleza, lo cual parece corroborar su condena como un ajuste de cuentas, en suma, una venganza por parte de sus muchos y poderosos enemigos: ‚Ķ ha seydo usurpador de la Corona Real, √© ha tiranizado √© robado vuestras rentas, que le sea cortada la cabeza √© puesta en un clavo sobre un cadalso ciertos d√≠as, porque sea ejemplo √° todos los Grandes de vuestro Reyno. A finales del mes de mayo, el rey de Castilla firm√≥ la sentencia y el 1 de junio el prisionero, a quien no se le hab√≠a notificado la sentencia, fue trasladado a Valladolid a lomos de una mula. Cuentan que mantuvo en todo momento la serenidad pues, delante del prisionero un pregonero iba gritando: Esta es la justicia del rey, por las maldades y deservicios de este tirano usurpador de la corona real. Una vez se equivoco y dijo: ‚Ķ por los servicios‚Ķ a lo que √Ālvaro de Luna, con voz serena y apacible exclam√≥: Bien dices, hijo, por los servicios me pagan as√≠.¬† Despu√©s subi√≥ al estado y desde all√≠ dijo al caballerizo del pr√≠ncipe Enrique: Te ruego que digas al pr√≠ncipe que d√© mejor galard√≥n a los criados que el que me ha dado el Rey a m√≠. Dicho esto, se desabroch√≥ el collar del jub√≥n, se arregl√≥ la elegante ropa que llevaba puesta y le dijo al verdugo, mientras se tend√≠a, que comprobara si ten√≠a el pu√Īal bien afilado pues quer√≠a morir r√°pido. El verdugo pas√≥ el pu√Īal por su garganta, le cort√≥ la cabeza y la colg√≥ de un gancho, donde estuvo expuesta al pueblo durante nueve d√≠as.

La pena de muerte inclu√≠a la p√©rdida de t√≠tulos y confiscaci√≥n de bienes, fabuloso bot√≠n que esperaban repartirse sus enemigos, pero que se los reservar√≠a el rey ‚Äď m√°s bien la reina – para su hijo Alfonso. Adem√°s supon√≠a la deshonra de la familia, y la humillaci√≥n de ser sepultados sus restos a las afueras de la ciudad, como a los malhechores; aunque pocos d√≠as despu√©s, a petici√≥n del rey, fueron trasladados al monasterio de San Francisco, dentro de la ciudad. A√Īos despu√©s, durante el reinado de Isabel la Cat√≥lica, se permitir√≠a que sus restos y los de su esposa, Juana Pimentel, reposaran en el lugar que hab√≠a elegido: la catedral de Toledo, en la capilla de Santiago.

No corrieron buena suerte tampoco quienes se vieron implicados en su muerte; el rey Juan II morir√≠a, presa de una enfermedad depresiva, al a√Īo siguiente (1454); Isabel, su esposa, enloquecer√≠a y ser√≠a v√≠ctima de la crueldad de su hijastro Enrique IV,. √Čste hubo de sufrir humillaciones tanto en el terreno personal ‚Äď calificado de impotente, se le neg√≥ la paternidad de Juana, a la que se apod√≥ La Beltraneja ‚Äď e institucional ‚Äď se cuestion√≥ y ridiculiz√≥ su autoridad y su figura a modo de monigote en la farsa de √Āvila – .

Entre los enemigos del Condestable D. √Ālvaro de Luna se encuentran dos grandes escritores de la √©poca, que en sus versos muestran su animadversi√≥n hacia √©l:

De los diez mandamientos,
Se√Īor, no guard√© ninguno,
Ni limosnas ni el ayuno,
Ni cuaresmas ni advientos,
Ni de tales documentos
Puestos so cristiano yugo
No los hice ni me plugo,
Mas todos tus vendamientos.
A cualquier pecador
o que m√°s o menos yerra,
un pecado le da guerra
o se le hace mayor;
a mí cual sea menor
de los siete no lo sé,
porque de todos pequé
igualmente, sin temor.
No ministro de justicia
Eres t√ļ, Dios solamente,
M√°s perdonador clemente
Del mundo por amicicia;
Mi soberbia y mi codicia,
Ira y gula no te niego,
Pereza, lascivo fuego,
Envidia y toda malicia.
A los menguados no harté;
Alguno si me pidió
De vestir, no lo halló,
Ni les pobres receté;
Cautivos no los saqué,
Ni los enfermos cuitados
Fueron por mí visitados,
Ni los muertos sepulté ….

Marqués de Santillana.

Pues aquel gran Condestable
Maestre que conocimos
Tan privado
No cumple que dél se fable,
Sino sólo que lo vimos
Degollado;
Sus infinitos tesoros,
Sus villas y sus liugares,
Su mandar,
¬ŅQu√© le fueron sino lloros?,
¬ŅQu√© fueron sino pesares
al dexar?

Jorge Manrique

(Extra√≠do de la revista del centro EL LABERINTO, n¬ļ 3 de Diciembre del 2004 de Carmen Alonso P√©rez)